lunes, 3 de mayo de 2010

Els sortilegis de Ravel

... os escribo ahora para informaros de la próxima jornada musical.
Después de los claroscuros de Strauss, disfrutaremos con la gracia, la ironía y el artificio de dos pequeñas óperas de Maurice Ravel: "L'heure espagnole" (fragmentos) y "L'enfant et les sortilèges" (entera). Siento una especial predilección por esta última ópera y por eso, cuando se estrenó en el Liceu hace unos años, escribí en "L'Avenç" un pequeño comentario. Para abrir boca y pensando - es mucho pensar - que quizás os haga gracia leerlo uno o dos días antes del domingo 16, os lo envío. Hasta dentro de dos semanas.
Nadie ha comunicado todavía su ausencia.


Manuel Sánchez


(correo del 3 de mayo de 2010)

Els sortilegis de Ravel

                Creo que debemos congratularnos de que el Gran Teatre del Liceu nos permita disfrutar de esa pequeña maravilla, tan escasamente representada entre nosotros, que es L’Enfant et les sortilèges de M. Ravel. Lástima que no se haya aprovechado esta ocasión para programar también, en la primera parte de la función, la otra obra lírica del compositor vasco-francés: L’heure espagnole. Habríamos tenido entonces la magnífica oportunidad de comparar la música raveliana anterior a la Gran Guerra y su recreación de la ópera buffa a la francesa (¿o a la española?) en L’heure (1911) con el último Ravel, dueño de casi todos los lenguajes de las vanguardias, en L’Enfant (1925). En cualquier caso, sea bienvenida la representación en el coliseo de las Ramblas de una de las obras más originales de la música del siglo XX.
                Fue el director de la Ópera de Paris quien, en 1916, encargó a Colette (1873-1954) una féerie-ballet que Ravel convertiría en ópera. La guerra y otros dolorosos avatares en la vida del compositor retardaron la escritura de la obra, que finalmente vio la luz en Montecarlo en 1925. Las relaciones de Ravel con la autora del libreto fueron bastante atípicas, cuando no prácticamente nulas. Según Colette, el compositor, con irónica seriedad – muy raveliana –, sólo le preguntó en una ocasión si en el dúo maullado de los gatos podía reemplazar mouâo por mouain (¡).
                Recordemos en dos palabras el argumento de esta “fantasía lírica”. Un niño de 6 o 7 años se aburre soberanamente ante su cuaderno de deberes en una tediosa tarde. Su madre le castiga a una frugal merienda compuesta por té sin azúcar y pan seco. Una vez solo, el niño deja escapar su contenida ira: tira al suelo la tetera y la taza, hostiga a la ardilla en su jaula, rompe el péndulo del reloj y con el atizador a guisa de espada remueve el fuego y desgarra el papel de la pared. Agotado, el niño se desploma en un sillón, pero entonces empiezan los sortilegios y todos los objetos dañados o rotos cobran vida para quejarse de la maldad del enfant: el sillón danza con una butaca Luis XV, el reloj sin péndulo comienza a dar las horas alocadamente; la tetera y la taza bailan un fox-trot; el fuego juega con la ceniza; las figuras arrancadas del empapelado (pastores y ovejas) se lamentan de su triste destino; la princesa del destrozado cuento de hadas añora su historia sin final; la Aritmética y las cifras de otro despedazado libro dicen inconexos enunciados de problemas, y suman y multiplican erróneamente en un enloquecido crescendo. Extenuado, el niño escucha a dos gatos enamorados y les sigue hasta el jardín. En este espacio féerique, poblado de ranas, insectos y otros ruidos de la noche, un árbol se queja de las heridas causadas por el niño en su corteza, una libélula se lamenta por la pérdida de su compañera, que ha acabado atravesada por un alfiler, y la ardilla por su encierro en la jaula... Finalmente, todos los animales se lanzan sobre el niño para hacerle pagar caro sus travesuras. En el fragor de la batalla, una pequeña ardilla es abatida y viene a caer al lado del niño que, compasivo, se apresta a curarle la herida con su pañuelo. Ante esta acción, los animales descubren que el niño es bueno y se apresuran a llamar a su madre para que le proteja: la aparición de ésta y la llamada del niño (Maman!) acaban la ópera en un acorde suspendido, que deja sin resolver el sentido final del viaje iniciático del Enfant.
                Al servicio de este canto a la infancia - aparentemente sencillo, aunque ha sido objeto, como otros cuentos de hadas, de algunos estudios psiconalíticos – Ravel escribió una de las músicas más fascinantes de todo el siglo XX. Situémosla brevemente en su contexto musical: compuesta en los primeros años de la década de 1920, hacía tiempo que Paris venía siendo sacudido, temporada tras temporada, por la renovación estética traída por los Ballets Rusos de S. Diaghilev. Apenas diez años antes, A. Schönberg había escrito su Pierrot Lunaire y con esta obra había dado forma, entre otras cosas, a una nueva técnica de expresión vocal; e I. Stravinsky había provocado el sonado escándalo de La consagración de la primavera, algunas de cuyas audacias rítmicas se encuentran en L’Enfant. Y sólo siete años antes, también E. Satie había escandalizado a la sociedad parisina con su inclasificable ballet Parade, con argumento de J. Cocteau y decorados de Picasso, verdadera exaltación del music-hall, que resuena en tantos pasajes de la obra raveliana. Pero también son los años del rappel à l’ordre de Cocteau, de los retornos a las formas del pasado y de la recuperación de la horizontalidad musical, del contrapunto sencillo, de la simplicidad, en suma. Algunos de esos lenguajes serán utilizados por Ravel, pero con el distanciamiento y la objetividad irónica que caracteriza toda su obra, es decir, sin asumirlos del todo, sin adscribirse claramente a ninguna estética determinada y, sobre todo, sin dejar de ser Ravel en ningún momento. Es más, esos “pastiches”, esa peculiar manera de meterse en la piel de otro servían perfectamente al  característico pudor raveliano, que gustaba de ocultarse bajo ese juego de máscaras.
                La única toma de posición deliberada de Ravel en esta pequeña/gran obra fue apartarse radicalmente de toda la tradición operística romántica, no sólo de las brumas wagnerianas, sino también de Gounod e incluso de una obra tan revolucionaria como el Pelléas de Debussy. De hecho, el propio compositor consideraba L’Enfant como inspirada en una opereta americana, en la línea del mundo del music-hall tan querido por Satie.
                No hace falta recordar que Ravel es uno de los más grandes orquestadores de toda la historia de la Música. Y en esta “fantasía lírica” el compositor de Ziburu demuestra con creces su portentosa sabiduría orquestal y su despierta curiosidad por los timbres inusitados. La obra está escrita para un efectivo orquestal al completo, enriquecido con instrumentos tan peregrinos como el luthéal (especie de piano preparado) o el éoliphone (máquina para producir efectos de viento), más toda una quincallería (V. Jankélévitch) de artefactos como la carraca con manivela o un rallador de queso.
                A esta fantástica orquestación y a estos mágicos artificios tímbricos se une la gran riqueza de los lenguajes musicales utilizados por Ravel en L’Enfant. Podría decirse que casi toda la historia de la música desfila por una obra de menos de una hora de duración. Del organum medieval ejecutado por los óboes al principio de la obra, tan tediosos y reiterativos como el ambiente que pretenden describir, pasamos al Renacimiento: hay mucho de la música del s. XVI en la ingenua pastoral que cantan las figuras “de pesebre” arrancadas por el niño de la pared, como hay mucho de los polifonistas de aquella época en el espléndido coro final de los animales. Barroca es la propia concepción de la obra, en el fondo, una especie de ópera-ballet francesa al estilo de Lully o Rameau; también tiene mucho de barroco el grotesco minueto del sillón y la butaca así como la bellísima aria da capo de la princesa del cuento de hadas. Por otra parte, el aria de bravura del fuego, con sus nada fáciles coloraturas, el vals vienés de las ranas y el propio dúo de los gatos (recordemos a Rossini) son otros tantos homenajes a la música del siglo XIX. El colmo del artificio nos llega en el divertido dúo de la tetera y la taza, hablado y cantado en un galimatías hecho de pretendidas chinoiseries y de franglais. El ragtime que bailan ambos objetos nos recuerda la fascinación que ejercieron los ritmos jazzísticos sobre las vanguardias musicales, primero sobre Debussy y especialmente sobre Stravinsky.
                Pero, entre tanto artificio, entre tanta inteligencia en la utilización de timbres y lenguajes adecuados a cada fragmento, entre tanta sabia pirotecnia sonora, afloran, como siempre en Ravel, momentos de soberana y delicada belleza: el dúo de amor de la princesa con el niño, uno de los momentos culminantes de la obra; la voz de la libélula, que canta a la libertad lejos de la jaula; o el conmovedor coro final de los animales. Personalmente, siento especial predilección por la descripción sonora del jardín al principio del segundo acto, una especie de rapsodia entomológica o de “jazz en la noche” como la llama Jankélévitch, y que me parece una de las más sugestivas y logradas “músicas nocturnas” del siglo XX.
                Sólo cabe esperar que la producción del Liceu esté a la altura de las exigencias de una partitura nada fácil y que, más allá del virtuosismo orquestal y tímbrico, sepa transmitirnos el refinado y sutil mensaje – la esencia de Ravel – que se esconde en este, sólo aparentemente, cuento para niños.

Manuel Sánchez Martínez

(Publicado en L’Avenç, nº 288, febrero de 2004, p. 59)

domingo, 7 de mayo de 2006

SOPAR SESSIÓ MUSICAL 07.05.2006

He trobat el menú que varem fer en la sessió del dia 7 de maig de 2006.

Anna Maria Ponce


 Pernil ibèric
 Llom ibèric
 Xoriç ibèric
 Tarta de casar
 Olives


 Pa torrat
 Pa amb tomàquet
 Pa sol

 Bacallà amb patates, gambes i ous durs.

 Bastonets de xocolata, catànies,

lunes, 13 de octubre de 2003

Octavo año (2003-2004)

De nuevo Bach: música vocal e instrumental; el post-barroco y el estilo galante; y, por supuesto, Haydn.


en breve







martes, 21 de enero de 2003

De moment he trobat aquestes 3 fotos....


Corresponen al curs 2003-2004.

por: JAUME LLAHONA CALABUIG














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domingo, 20 de octubre de 2002

Séptimo año (2002-2003)

 Más sobre el barroco francés: Marais, Couperin, Rameau y la querelle des bouffons
Inglaterra: Händel. 
Alemania: Schütz, Biber y Buxtehude. 


Interludio pasional: el Stabat Mater en la historia de la Música.


Tras un resumen de las características del barroco musical, dedicamos la primera sesión (20.X.02) a la Francia de finales del siglo XVII y primera mitad del s. XVIII. Comenzamos con Marin Marais, de quien escuchamos dos piezas para viola (La Rêveuse y la Sonnerie de Ste. Géneviève du Mont); seguimos con François Couperin (tres de sus numerosas piezas de clave, un fragmento del tercero de los Concert royaux y un par de sonatas de Les Nations). Antes de pasar a Jean-Philippe Rameau, hice una alusión a la famosa querelle des bouffons, que dividió a los fanáticos de la Música en dos sectores: los partidarios de la opera bufa italiana y los seguidores de lo “francés” (Lully); ilustramos la querelle enfrentando un aria de Armide de Lully con otra de La serva padrona de Pergolesi. De Rameau escuchamos numerosos fragmentos de su ópera Dardanus; como recordaréis, años después vendría el desquite con la audición y visión de más óperas de este autor (Platea, Castor y Pollux y Las Indias galantes).


Las tres siguientes sesiones estuvieron dedicadas a Georg Friedrich Händel. En la segunda (1.XII.02), escuchamos fragmentos del Dixit Dominus, uno de los Chandos Anthems, un Concierto para órgano y trozos de las óperas Giulio Cesare y Serse.

En la tercera sesión (12.I.03), oímos fragmentos de algunos oratorios: Saul, Israel en Egipto y Messiah. Y en la cuarta (23.II.03), presentamos otro
s oratorios y óperas-oratorios de Händel: Hércules, Semele, Belshazzar, Solomon, Theodora y Jefté.
La quinta sesión (6.IV.03) cayó muy cerca de la Semana Santa, por lo que decidí hacer un alto en nuestro camino por el barroco y dedicar la jornada a observar el tratamiento dado a una secuencia medieval - el Stabat Mater - por diversos compositores. Primero escuchamos la versión primigenia en canto llano y seguimos con fragmentos de los Stabat Mater de Palestrina, Vivaldi, Rincón d’Astorga, Boccherini, Rossini, Liszt, Dvorak, Verdi, Szymanovski y Poulenc.
Acabamos el año con una sexta sesión en Vilanova, en casa de Joana; y, siguiendo nuestra ruta barroca, recalamos en Alemania, oyendo músicas de Heinrich Schütz, de Franz Biber (sus pasmosas Sonatas del Rosario) y de Dietrich Buxtehude, maestro del órgano y antecesor directo de Bach.




domingo, 28 de octubre de 2001

Sexto año (2001-2002)

 La Música barroca: Carissimi, Lully, Charpentier, Purcell, Pergolesi, Scarlatti, Soler, Vivaldi




Una vez estudiado Monteverdi, seguimos la trayectoria de la música europea durante la época barroca. Empecé el curso comentando que, si yo hubiese previsto la continuidad de estas tertulias, habríamos empezado por aquí y no por Bach, que es la culminación del barroco. Para corregir un poco lo relativamente errático de nuestras sesiones, dedicamos la primera (28.X.2001) a hacer una introducción general a la música barroca: contexto histórico, características musicales (ruptura de la unidad de lenguaje, teoría de los afetti, bajo continuo, formas abiertas, etc.), géneros (ópera, oratorios, cantatas, sonatas, conciertos, etc.), cronología y “escuelas nacionales” (Italia, Francia, Inglaterra y Alemania). Con verdadero horror, he observado en mi libreta que en esa sesión ¡no hubo música! y que sólo hablé yo.


El siguiente encuentro (16.XII.01) estuvo dedicado al género operístico, comenzando por las óperas de Monteverdi posteriores a Orfeo (escuchamos fragmentos de L’incoronazione di Poppea) y aludiendo a la degradación posterior de la ópera debido a la dictadura de los castrati. Seguidamente, expliqué los elementos fundamentales de la ópera: recitativos (secco y accompagnato), arioso, aria da capo, conjuntos, etc.; todo ello fue ilustrado con breves fragmentos de Bach, Händel, Mozart, Verdi y Puccini.

Después de la ópera, en la tercera sesión (27.I.02) hablé del género oratorio, con la audición de Jefté de Giacomo Carissimi. Después, seguimos nuestro recorrido por la música barroca, empezando por Francia; tras una introducción al contexto histórico, escuchamos música de Jean-Baptiste Lully (Le bourgeois gentilhomme y fragmentos de la ópera Armide y del Te Deum).
En la cuarta sesión (3.III.02) continuamos por el barroco francés con música de Marc-Antoine Charpentier (Le reniement de Pierre, Te Deum y De profundis). A continuación, pasamos a Inglaterra: Henry Purcell (canciones de taberna, fragmentos de Dido y Eneas, la única ópera inglesa antes de Händel, y la Música para el funeral de la reina María).

Empecé la quinta sesión (7.IV.02) de forma un tanto truculenta: íbamos a escuchar músicas que nos llevarían desde “el luminoso Nápoles del Settecento a las tétricas penumbras del monasterio de El Escorial pasando por el alegre Madrid de los Borbones”. Y, en efecto, la sesión fue un poco particular: La serva padrona de Pergolesi, uno de los más acabados ejemplos de la opera bufa napolitana; seis sonatas de Domenico Scarlatti, escritas mientras estuvo en España al servicio de la reina y de los infantes; y dos de los conciertos para dos claves de Antoni Soler, “olotí” al servicio de un príncipe borbónico en el Escorial. En mi cuaderno tengo anotada la audición (“si queda tiempo”) de fragmentos del Stabat Mater de Pergolesi; no sé si hubo tiempo o no, pero, en cualquier caso, se trata de una de las piezas más sublimes e impresionantes de la historia de la Música; si nadie la recuerda, es cuestión de escucharla entera un día de estos.

Las dos últimas sesiones del curso estuvieron dedicadas a Antonio Vivaldi: en la sesión del día 12.V.02 escuchamos una de las fantásticas Sonatas para violoncelo, un par de conciertos, fragmentos del Gloria, el verano y el invierno de la Cuatro estaciones y trozos del Dixit Dominus.

Y en la séptima y última sesión (16.VI.02), seguimos con más conciertos de Vivaldi (para flauta, para flautino, para fagot, para dos mandolinas, con molti istromenti, etc.) y con nuevos ejemplos de su música vocal: Beatus vir y Stabat mater.




domingo, 15 de octubre de 2000

Quinto año (2000-2001)

 Música medieval y renacentista. Claudio Monteverdi


Llegados, más o menos, al primer tercio del siglo XX y siendo conscientes de que habría sido necesario decir algo sobre las músicas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, decidimos sin embargo volver hacia atrás y dedicar el quinto año a cubrir el período que transcurre entre los orígenes de la música polifónica y J. S. Bach, repescando de paso a muchos autores barrocos (Vivaldi, Händel, Rameau…) hasta entonces ignorados.


En consecuencia, la primera sesión (15.X.00) estuvo dedicada al canto llano (o gregoriano), a los cambios ocurridos a partir del siglo IX (tropos y secuencias, con la audición de una de las más conocidas: el Dies Irae), a los orígenes de la polifonía (organum, discantus, con la audición del Viderunt omnes de Pérotin y otras piezas del Ars Antiqua) y al Ars Nova del s. XIV (Guillaume de Machaut).

Algo no debió de quedar muy claro pues, en la primera parte de la segunda sesión (19.XI.00), volví a repetir, ampliándolos un poco, algunos conceptos sobre la música del siglo XIII; seguimos con las formas musicales italianas de la baja Edad Media; y concluimos con la música francoflamenca del siglo XV y sus asombrosas (y complicadas) polifonías: Guillaume Dufay, Johannes Ockeghem y Josquin Desprez.

Entramos en el siglo XXI dedicando dos sesiones a la música del Renacimiento. En la sesión del 14.I.01, tras una breve explicación general sobre los conceptos de polifonía y contrapunto, oímos ejemplos de la música de los Países Bajos, tanto religiosa (volvimos a Josquin) como profana, y de la música francesa (algunas chansons polifoniques).

En la sesión del 25.II.01, seguimos nuestro recorrido por la música del Renacimiento: Italia (Palestrina), España (Tomás Luis de Victoria), Inglaterra (John Dowland y sus melancólicas “lágrimas”) e Italia, con ejemplos de madrigales (Gesualdo di Venosa) y de “madrigales dialogados” (Orazio Vecchi y su Anfiparnaso). Con estos dos autores podemos decir que llegamos al punto culminante de la polifonía vocal, pero la revolución que se avecinaba no vendría de esta polifonía “decadente” y artificiosa (prima prattica) sino de la secunda prattica inaugurada por el inmenso Claudio Monteverdi.

Puesto que, para mí, este compositor resume toda la historia de la Música (y además, da nombre a nuestras tertulias), no debe extrañar que le dedicásemos las tres siguientes sesiones: la quinta (18.III.01), la sexta  y la séptima (10.VI.01). No vale la pena entrar en detalles de lo que dijimos sobre Monteverdi ni de la música que escuchamos; baste decir que, con su último libro de madrigales, su Vespro della Beata Virgine y su Orfeo, el autor de Cremona abrió los caminos por donde transitaría la Música occidental durante los siguientes 350 años.

La segunda parte de la última sesión (10.VI.01) fue una sorpresa: otro alumno de Mercè, Jordi (Bruno, nombre de artista) Vargas vino con sus padres para darnos un pequeño concierto [es un excelente violista que hoy toca en la Orquesta de la RTVE]. En el programa: fragmentos de la Suite nº 3 para violoncelo de J. S. Bach (Bruno Vargas); la Sonata nº 16, K. 545 de Mozart (Mercè) y un Concierto para viola de Karl Stamitz (Bruno y Mercè).